Las manos me transpiran, aunque creo que en realidad cada poro de mi cuerpo deja escapar el sudor de mi cuerpo. ¿Serán las lágrimas que no tengo para derramar?
Sé que después de este ataque de ansiedad, vendrá la tristeza, la angustia. Ya estuve aquí. Ya lo había pasado y superado. Por qué he vuelto? ¿Qué tonto sueño me vendieron y compré?
Y qué más, cantan los Piojos….
Es que no era poca la oferta. Imposible. Pero por ello, muy tentadora. Y cuando uno es de querer creer…. Cree. Es más, me doy cuenta que a pesar de ver la realidad más cruda, uno no quiere dejar de creer. ¿La ingenuidad, el romanticismo, el idealismo tienen que conducirnos indefectiblemente a una decepción? Me niego rotundamente a pensar la afirmativa. Supongo que no quiero dejar de ser ni ingenuo, ni romántico ni idealista. ¿Cómo dejar de serlo? Pero, ¿cómo hacer para no dejar la piel por el camino?
O tal vez no quede otra solución que pagar el precio, y acostumbrarse que cada tanto, marcharemos unos metros con la piel hecha jirones, pero sonriendo. Porque sabemos que más adelante algo nuevo nos espera, para poder depositar todo nuestro ingenuo amor idealista sin límites.
Entonces, lo que nos que tenemos que hacer, simplemente, es levantar este pie y ponerlo adelante del otro. Y éste otro adelante del primero. Y volver a repetir esta rutina. De a poco, sin apuro y con los ojos bien abiertos, para no olvidar dónde estuvimos y ver lo que viene, lo que nos espera. Y poder disfrutarlo desde un rato antes, a la distancia, que cada vez es más corta.
Ya está por llegar.
martes, 1 de abril de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario