Anoche me propuse un martes a la vieja usanza. Un martes sin noticias molestas, dedicado a mis hijos, sin terceros o cuartos molestos. Bueno, de hecho hasta estoy pensando en dar de baja mi casilla de mail, que si bien me acompaña desde los comienzos de la década menemista, hoy por hoy me da más dolores de cabeza que satisfacciones. Pero ese es otro tema.
La cuestión es que tenía un martes por la tarde bien de padre. Película de princesas para mi princesita, mientras mi adorado copiloto y yo hacíamos nuestras respectivas tareas de matemática. Por supuesto, las milanesas esperaban en el hornito a que el arroz estuviera a punto. Y de postre, una peli de miedo. “Una de grandes”, le dije para convencerlo.
Pasó la cena, pasó Itzíar (una vecina catalana muy simpática, que siempre necesita el abridor de latas), pasó el trámite de hacer camas y lavarse los dientes.
Llegó el momento de prepararnos. Todas las almohadas y almohadones disponibles en la casa dispuestos para la peli.
Los tres agarraditos de las manos, la más chica repitiendo un “yonotengomiedo” tipo mantra; el más grande, en silencio. Hasta que una escena lo sacó de su contenido estado.
“No aguanto. No puedo más. Apagá por favor. No lo soporto.” Más allá de su llanto angustiado, diría desconsolado, lo que me llamó la atención es que no fue una parte de mucha tensión con de música de acavaapasaralgoencualquiermomento.
Él temblaba, y a mí no me alcanzaban los brazos y el alma para tratar de calmarlo. Sólo repetía que no quería ver más, que no podría dormir y lloraba. De golpe se desprendió de mi abrazo y me dijo: “¿Sabés cuál es la parte que menos me gustó? Esa que la madre pide que se lleven a su hija, que la salven, porque ella ya no podía hacer nada.”
Nada de terror, nada de sobresaltos. Sólo el angustiante pedido de una madre pidiendo que salven lo más preciado para ella, más que su propia vida. Una escena, que no tiene mucho que ver con la trama central de la película, donde aparece el amor de madre por sobre todas las cosas, hizo que mi hijo no pudiera ver más, una película que (hasta ese momento) disfrutábamos juntos.
Por calmarlo, no intenté (no pude, no supe, no se me ocurrió) indagar un poco más en esa angustia existencial que lo invadía. Sólo quise sacarlo de ese estado.
Volvimos un rato a las provincias y sus capitales. Después, cuando pude que la repetición de “Entre Ríos: Paraná – Chubut: Rawson” lo relajara, se me ocurrió contarle una historia de campo, que se desarrollaba en La Pampa: Santa Rosa. Una historia con caballos, perros y la inmensidad de los campos cultivados.
Los tres pudimos dormir relajados.
La mañana siguiente la dedicamos a preparar el día sin apuros. Ya habíamos tenido una noche agitada…. En el auto, rumbo a la escuela, hablamos de la ausencia de pesadillas de la noche anterior. Después de pensarlo un rato, me dijo “La próxima vez, la vemos, sí?”. Cuando vos quieras, contesté. Y no pude decir más.
Sólo quiero volver a verlo. Quiero poder hablarle y que me hable. Quiero que pueda sacar esos fantasmas que le encierran el alma. Quiero darle la paz que necesita.
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2 comentarios:
Me conmovió mucho tu relato, la verdad es que se me escapó una lagrima, si. Porque todavía recuerdo mis angustias de niña y por todo el amor que se nota sentis hacia tu hijo.
Yo tengo 21 años y a veces con escenas así tambien lloro desconsoladamente.
Besos, y gracias a vos también
Qué privilegio del grupo virtual, depositarios de tan íntima vivencia!! Seguro todos ellos merecedores de tus palabras. Vive virtualmente, ama virtualmente, llora virtualmente, odia virtualmente!! Seguro que os irá de puta madre!!!
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