Esos pensamientos que vienen y arrastran
toda la alegría que pensaste lograr
más te vale sacarlos rápido de tu mente
antes que te hagan explotar.
Un pensamiento feliz
no debería ser difícil de encontrar
salvo que hubieras olvidado tu alma
en el cuerpo de quien te fuera a traicionar.
¿Y ahora dónde vas a buscar
esa sensación tan necesaria,
esa emoción olvidada
para poder resucitar?
Con toda la ironía que fue capaz
te deseó “renace como el ave Fénix”,
sin imaginar jamás
que convirtiendo tu alma en ceniza
la liberaba de la cadena
de esa dulce y culpable condena.
Es hora de sentir el viento en la cara,
del vértigo en el estómago
ante lo desconocido
alejándote cada vez más
de la sensación de estar vencido.
Hasta el árbol más fuerte
puede quebrarse un día
ante un viento inesperado.
Pero si no cae,
la herida se hace callo.
(¿continuará?)
lunes, 26 de noviembre de 2007
domingo, 25 de noviembre de 2007
Buscando un pensamiento feliz
Hace tiempo ya comenté, y hasta creo haber agotado a los que me rodean. Todavía me asaltan pensamientos que NO quiero tener. Que no debo. Que no me hacen bien. De hecho, me hacen bastante mal.
Así que estoy en plan de erradicar esta basura de mi cabeza. La forma tradicional sería esperar a que se pase. Pero como no estoy seguro de cuánto tiempo puede llevar, pensé en un anestesiante. Para el mientras tanto.
Necesito un pensamiento feliz. Algo que tape los otros. Algo lo suficientemente poderoso que me permita focalizar el futuro y empezar a enterrar el pasado. Que me permita despegar los pies del barro donde, cada tanto, caigo.
Imágenes.
Las imágenes son fuertes, completas y pueden contener varias ideas asociadas.
Un hombre de espaldas, sentado frente a la computadora, escribe. Sobre el escritorio hay una libreta de notas, un paquete de cigarrillos, encendedor, cenicero, mate y pava. No usa termo. Frente a sí, en la pared, un corcho lleno de fotos, dibujos, recortes. La habitación está a oscuras, parece ser de noche, sólo iluminado por un pequeño velador.
Escribe historias. Saca sus fantasmas, los convierte en algo distinto, los pone en otro lugar, en otro momento, rodeado de otras cosas. Y así los mata.
Así que estoy en plan de erradicar esta basura de mi cabeza. La forma tradicional sería esperar a que se pase. Pero como no estoy seguro de cuánto tiempo puede llevar, pensé en un anestesiante. Para el mientras tanto.
Necesito un pensamiento feliz. Algo que tape los otros. Algo lo suficientemente poderoso que me permita focalizar el futuro y empezar a enterrar el pasado. Que me permita despegar los pies del barro donde, cada tanto, caigo.
Imágenes.
Las imágenes son fuertes, completas y pueden contener varias ideas asociadas.
Un hombre de espaldas, sentado frente a la computadora, escribe. Sobre el escritorio hay una libreta de notas, un paquete de cigarrillos, encendedor, cenicero, mate y pava. No usa termo. Frente a sí, en la pared, un corcho lleno de fotos, dibujos, recortes. La habitación está a oscuras, parece ser de noche, sólo iluminado por un pequeño velador.
Escribe historias. Saca sus fantasmas, los convierte en algo distinto, los pone en otro lugar, en otro momento, rodeado de otras cosas. Y así los mata.
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escenas de la vida cotidiana
miércoles, 21 de noviembre de 2007
Un personaje suelto
Caminaba por la avenida, ajena a todo el ruido de su alrededor. Llevaba la mente con un ruido propio, y una bronca angustiante golpeándole el pecho.
-Tranquila, sos sólo un personaje del que escribe-.
Pero la pena seguía ahí.
No por haber perdido algo. De hecho no había perdido nada que quisiera. El problema era que no tenía lo que quería. El problema era que no tenía ni idea lo que quería. El problema era que la pena seguía ahí.
Y cómo explicarle a él su pena. A él que era todo alegría por estar con ella. A él que era todo comprensión, todo cariño. “Hubiera sido un gran amigo”. Claro, si no se hubiera enamorado de él. Si no se hubiera sentido tan atraída hacia él. Y eso era amor. Seguro. ¿Y entonces, por qué la pena? ¿Por qué no mirar hacia el futuro, con esos ojos de esperanza que pensó tener hace tan poco? ¿Por qué el cielo se le nubla cada tanto? Reprimió la sensación de miedo antes que la posibilidad de haber cometido un gran error se le hiciera conciente. No podía seguir cuestionándose. Había dado el salto al vacío. Imposible volver atrás. Otra vez la sensación de vértigo reprimida.
Él caminaba con la mirada baja, perdida, pensando en palabras echadas al mar. Sabe que levantará la vista y la verá sorprenderse. Así lo tiene pensado.
-¿Qué hacés vos por acá?- dijo ella enjugándose la última lágrima.
-Puedo estar donde quiera, no?- contestó él, pero no con un tono peleador o desafiante. Trató de explicarse: –Es que soy yo el que escribe. Sí, es así. No sos más que uno de mis personajes. Nada más, ni nada menos. De hecho, en este momento, yo también soy uno de mis personajes. Es más, sos uno de mis personajes principales. Casi te diría que el único. Porque todos los que nos rodean, o casi todos, no son míos, sino del que lee en este momento-.
-Vos querés decirme que lo que pienso, en realidad no lo pienso yo, sino que el que me escribe, o sea vos, está haciendo que lo piense? Que no siento lo que siento?-
-Claro, y yo también soy uno de sus personajes. Puede hacer que yo haga lo que él quiera, en realidad, lo que él quiera. De pronto se le ocurre que cruce la avenida acá mismo para probártelo. O probárselo, porque no dejás de ser parte de él. Como yo. Como vos de mí…. Sí, es complicado. Pero vos sabés que yo no haría nunca una locura, no?– dijo echándose a correr.
El chofer de colectivo no pudo esquivarlo, o él no quiso ser esquivado.
Ella escuchó el golpe seco, pero no vio su cuerpo arrojado a varios metros. Tuvo el irrefrenable impulso de cerrar los ojos.
Y se quedó ahí, sin poder moverse. Petrificada. Horrorizada. Desconsolada. Impresionada. Con los ojos bien cerrados. Y muy, muy triste. Jamás sabría si él estaba loco.
O si alguna vez volvería a escribir sobre ella.
-Tranquila, sos sólo un personaje del que escribe-.
Pero la pena seguía ahí.
No por haber perdido algo. De hecho no había perdido nada que quisiera. El problema era que no tenía lo que quería. El problema era que no tenía ni idea lo que quería. El problema era que la pena seguía ahí.
Y cómo explicarle a él su pena. A él que era todo alegría por estar con ella. A él que era todo comprensión, todo cariño. “Hubiera sido un gran amigo”. Claro, si no se hubiera enamorado de él. Si no se hubiera sentido tan atraída hacia él. Y eso era amor. Seguro. ¿Y entonces, por qué la pena? ¿Por qué no mirar hacia el futuro, con esos ojos de esperanza que pensó tener hace tan poco? ¿Por qué el cielo se le nubla cada tanto? Reprimió la sensación de miedo antes que la posibilidad de haber cometido un gran error se le hiciera conciente. No podía seguir cuestionándose. Había dado el salto al vacío. Imposible volver atrás. Otra vez la sensación de vértigo reprimida.
Él caminaba con la mirada baja, perdida, pensando en palabras echadas al mar. Sabe que levantará la vista y la verá sorprenderse. Así lo tiene pensado.
-¿Qué hacés vos por acá?- dijo ella enjugándose la última lágrima.
-Puedo estar donde quiera, no?- contestó él, pero no con un tono peleador o desafiante. Trató de explicarse: –Es que soy yo el que escribe. Sí, es así. No sos más que uno de mis personajes. Nada más, ni nada menos. De hecho, en este momento, yo también soy uno de mis personajes. Es más, sos uno de mis personajes principales. Casi te diría que el único. Porque todos los que nos rodean, o casi todos, no son míos, sino del que lee en este momento-.
-Vos querés decirme que lo que pienso, en realidad no lo pienso yo, sino que el que me escribe, o sea vos, está haciendo que lo piense? Que no siento lo que siento?-
-Claro, y yo también soy uno de sus personajes. Puede hacer que yo haga lo que él quiera, en realidad, lo que él quiera. De pronto se le ocurre que cruce la avenida acá mismo para probártelo. O probárselo, porque no dejás de ser parte de él. Como yo. Como vos de mí…. Sí, es complicado. Pero vos sabés que yo no haría nunca una locura, no?– dijo echándose a correr.
El chofer de colectivo no pudo esquivarlo, o él no quiso ser esquivado.
Ella escuchó el golpe seco, pero no vio su cuerpo arrojado a varios metros. Tuvo el irrefrenable impulso de cerrar los ojos.
Y se quedó ahí, sin poder moverse. Petrificada. Horrorizada. Desconsolada. Impresionada. Con los ojos bien cerrados. Y muy, muy triste. Jamás sabría si él estaba loco.
O si alguna vez volvería a escribir sobre ella.
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