miércoles, 5 de septiembre de 2007

Si querés llorar…

“Date un tiempo y lugar para llorar” me dijo una amiga. Y es que las lágrimas me sorprendían en los lugares más incómodos. "Haceme caso, encerrate dos o tres días a llorar".
Pero era imposible. De golpe me daba cuenta que no tenia un segundo para mí, sólo para mí y mis lágrimas. Sabía que el llanto me iba a sacar de encima ese peso que me habían puesto en el pecho. Sabía que luego de una buena sesión de llanto, todo empezaría a estar mejor. Pero no encontraba ni el lugar, ni el momento. Intenté un domingo caminando por San Telmo, pero el aire fresco, las callecitas, la plaza, la feria, todo me calmaba.
“¡No quiero alivio! ¡Quiero llorar de una vez como dios manda!” me repetía.

Debo confesar que soy raro con el tema. Me cuesta mucho ponerme a llorar, y si estoy acompañado, peor. Porque, en mi increíble estupidez, intento contar lo que me pasa en vez de llorar, y si lloro y cuento, sale un balbuceo mocoso horrible. Para evitarlo, me acostumbré a no llorar en público. Eso sí, se me caen las lágrimas con cualquier publicidad pedorra. Y ahora, más.
Hace un par de semanas llevé a los chicos a ver Los Simpson al cine. ¿Podés creer que en una parte me emocioné tanto que empecé a lagrimear? Justo en ese momento aparece un cartel que dice "continuará". Chau, dije, se viene un intermedio y yo así. ¿Cómo le explico a los chicos? Por suerte, apareció otro cartel diciendo: “inmediatamente” y la película siguió.

Una noche, después de dormir a los “angelitos”, me recosté a leer algo del amigo Cortazar hasta que llegara el sueño. Y llegó.
Pero a mitad de la noche, como ya era costumbre, me desperté. En vez de ir a la cocina a prender un cigarrillo, me obligué a quedarme acostado, pensando. Pero nada, ni una lágrima, cero angustia. No había recuerdo (verdadero o inventado) que humedeciera mis ojos. Y así estuve un rato hasta que volví a caer en brazos de Morfeo….
Soñé. Soñé mucho y muy vívido, tanto que me desperté bañado en lágrimas. Ahora sí, me dije. Ahora no pienso parar.

Quince segundos después, sonó el despertador. Me levanté resignado. Sin poder creerlo. Sin tiempo para lágrimas. Tenía que hacer el desayuno de los chicos y apurarme para llevarlos al cole.

-“No sé cuánto tiempo más me van a aguantar las llegadas tarde en el laburo….”- pensé.

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