domingo, 9 de septiembre de 2007

El matrimonio, segùn Domingo F. Sarmiento

Hace tiempo había leído esta carta. Hoy, una nota de Felipe Pigna en Clarín me la trajo a la memoria. Recuerdo la rara sensación que me causó al leer las opiniones del ser humano en lugar de las del prócer. Sus necesidades, su visión del amor, de la mujer, del sexo y el matrimonio.

Carta de Domingo F. Sarmiento a su hijo –


Santiago de Chile, diciembre de 1843

Querido tocayo:
Con el mayor placer he sabido que se ha casado Ud. Con la prima Laura. Era ésta una niña por quien tenía una predilección especial, y no dudo que hará la felicidad de Ud. Recuerdo ahora, no sin lisonjearme de ello, que cuando nos vimos aquí le recomendé que no abandonase a su familia, que necesitaba de su apoyo. Ha llenado Ud… que la naturaleza le imponía y que lo recomiendo más a mis afectos. Esto no quita que esté un poco sentido de que no me haya dado parte, después de ejecutado, para llenar esa formalidad de estilo.
Tentaciones me dan de predicarle un sermón sobre los deberes conyugales, y sobre cierta línea de conducta que yo me propongo guardar para cuando tenga mujer, porque ha de saber Ud. Que por pereza, y por estar casi siempre muy ocupado no he salido a buscar una mujer de que, sábelo Dios, tengo suma necesidad.
Vea Ud. sin embargo cómo miro yo el matrimonio.
No creo en la duración del amor, que se apaga con la posesión. Yo definiría esta pasión así: un deseo para satisfacerse. Parta Ud. desde ahora del principio de que no se amarán siempre. Cuide Ud. pues cultivar el aprecio de su mujer y de apreciarla por sus buenas cualidades. Oiga Ud. esto, porque es capital. Su felicidad depende de la observancia de este precepto. No abuse de los goces del amor; no traspase los límites de la decencia; no haga a su esposa perder el pudor a fuerza de prestarse a todo género de locuras. Cada nuevo goce es una ilusión perdida para siempre; cada favor nuevo de la mujer es un pedazo que se arranca al amor. Yo he agotado algunos amores y he concluido por mirar con repugnancia a mujeres apreciables que no tenían a mis ojos más defectos que haberme complacido demasiado. Los amores ilegítimos tienen eso de sabroso, que siendo la mujer más independiente aguijonea nuestros deseos con la resistencia.
Deje a su mujer cierto grado de libertad en sus acciones y no quiera que todas las cosas las haga a medida del deseo de Ud. Una mujer es un ser aparte que tienen una existencia distinta de la nuestra. Es una brutalidad hacer de ella un apéndice, una mano para realizar nuestros deseos.
Cuando riñan, y esto ha de haber sucedido antes de que reciba ésta, guárdese por Dios de insultarla. Mire que he visto cosas horribles: la primera palabra injuriosa que la cólera del momento sugiera deja una idea en su espíritu: si en la primera riña le dice Ud. bruta, en la segunda le dirá infame, y en la quinta p…. Tenga Ud. cuidado con las riñas y tiemble Ud. no por su mujer, sino por la felicidad de toda su vida. En fin, no quiero hablar màs de esto.
(…)
Démele un fuerte abrazo a Laura.
A Dios, pues.
Domingo F. Sarmiento

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