jueves, 20 de septiembre de 2007

Dulce despertar

Un sonido familiar me trae, poco a poco, una vez más, al mundo de los mortales. Intento mover mis brazos para liberarme de la trampa de sábanas, pero algo obstruye mis movimientos. No me sorprende, sólo me pregunto en qué momento apareció aquella grata sorpresa a mi lado.

No veo su cara, pero reconozco ese revoltijo de pelos. Me es imposible levantarme. He quedado preso de su imagen. Del sonido de su respiración.

El despertador deja de sonar, las agujas del reloj de moverse. El mundo se detuvo. No existen apuros ni urgencias. Todo en la habitación desaparece, y la luz que entra por la ventana sólo la ilumina a ella.

Recorro la parte descubierta de su brazo, que se interna bajo la almohada. La sensación de mis dedos torpes entre sus rulos. La emoción de descubrir lo que ellos esconden. La paz contagiosa de esa brisa que se escurre por su cara.

Levanto un poco su remera, y no puedo evitar apoyar mis labios en su espalda. De a poco el universo se pone en marcha. Las agujas, el despertador. Ella también está de vuelta.
Escucho su vocecita que sonríe. “¡Basta, quero dormir”. Y sonríe. Un beso más. “¡Basta!” y no deja de sonreír.

El sol, cada vez más alto, después de tantos días sin aparecer, me dice que la vida sigue, avanza y debemos andar. Que ya es hora.

Dale, hija. Levantate que vamos al Jardín”.

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