lunes, 27 de agosto de 2007

¿Cómo estoy hoy?

"El futuro llegó hace rato", dice una canción que me gusta mucho. Aunque a veces se me pierda de vista por un momento, sé que vamos a estar mejor (los chicos y yo). De hecho, por mi parte, ya estoy mejor. Mejor que hace un par de semanas, y también que hace 10 años atrás.
Vuelvo a ser persona. Dejo de abandonarme por temor al abandono, a la pérdida. Me vuelvo a encontrar y me gusta lo que veo, y mucho más lo que veré.
Ya viví la peor situación como padre (con la muerte de M). También, la peor como marido. Y sigo de pie. Orgulloso de resistir los golpes sin haber traicionado mis más profundos valores: Respeto, amor, sinceridad, reflexión.
Aposté, ciego, todo a un número. Y perdí. Pero también gané. Porque en definitiva, de toda situación se aprende algo. Porque el que no aprende, repite errores, vuelve por pasos ya dados, no crece. Se comienza a mentir a sí mismo, empieza a poner en los demás culpas, necesidades y soluciones que sólo están dentro de uno.
El que pierde debe pagar. Hoy estoy pagando con el dolor de lo que pudo haber sido y no fue. Nunca fue. Y hay que pagar con gusto, porque se aprendió. Sabiendo que las deudas que se arrastran, se pagan con intereses altísimos (viejos errores, nuevos fracasos, viejos + nuevos dolores causados/sufridos).
Pero dije que también gané, así que espero con tranquilidad al momento de cobrar, que siempre llega más lentamente, pero también es mucho más duradero.
Eso sí, jamás agradeceré esta nueva posibilidad que ME costó tanto dolor, tanto amor roto. Como no se agradece a la mano del asesino la muerte de su víctima; como no puede agradecerse al genocida de Galtieri y su guerra el regreso de la democracia. Como no puede agradecerse, bajo ningún concepto, que la aparición de una bacteria o una enfermedad reuna a una familia. Maldita bacteria. Maldita enfermedad.
Sólo porque tenemos por quién seguir (a aunque fuera por uno mismo), nos cobijamos bajo la idea de sacar algo positivo de los malos tragos de la vida.
Como verás, todavía el dolor y la bronca están demasiado juntos. Aunque los dos se van sosegando. Dolor y bronca por la traición, por la mentira.
Me traicioné al abandonarme y me mentí al creer que había valores compartidos: compromisos básicos, confianza mutua, respeto, amor.

Es difícil poder digerir que la ventana abierta, la libertad, alguien la usó para meter a otro dentro de la familia. Otro que, sin que supiéramos, se sentó en mi mesa, durmió conmigo en mi cama, que paseó conmigo y los chicos, que compartió mi intimidad. Y siempre duele más cuando el "entregador" es alguien de adentro. Porque es del Adentro donde uno jamás espera el golpe. Porque el Adentro es el refugio, es donde uno cura sus heridas, lava sus trapos más oscuros y se hace fuerte para enfrentarlo. Porque el Adentro es lo que uno defiende con la vida de ser necesario.
Garabateando unas líneas, el otro día pensaba en el cuento de la muerte de Julio César, cuando después de saberse traicionado por el Senado, siente el último puñal en la espalda y el primero en el corazón: "¿Tú también, hijo mío?" Seguramente haya sido el dolor más profundo: la traición del más querido. ¿Cómo seguir creyendo? ¿Cómo confiar en uno mismo, luego de cometer el error fatal de confiar en alguien que no sabe respetar la confianza?
Supongo que aprendiendo. Abrasándose a los valores que uno sostiene, y a los que están a nuestro lado por si necesitamos un sostén hasta que el suelo deje de temblar.

Los gatos negros son hermosos, pero por las dudas, no quiero que se me cruce ninguno más. Para mi vida, quiero lejos a los gatos negros.

Ese es un buen comienzo.

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